La tarde se mueve sin cuidado, de los días de seguridad queda poco. El terreno se tiñe de ceniza, con unos pocos manchones de color que arropan las laderas, parecería incluso que estos se han reunido para darse calor en este desolado lugar. Su brazo cuelga de la cama, sus dedos apenas rozan las ranuras entre la cerámica, fría e inmóvil; su cara se asoma por entre las sabanas y mira fijamente las sombras de la madrugada sobre el piso. Su otra mano descansa a la par de la cabeza de ella, su cabellera se riega en sus palmas. La respiración inconstante de siente pesada sobre sus dedos. La noche se mueve sin cuidado, las madrugadas son lo único que queda de seguridad. Se asoma por al ventana, se aleja un poco para no dejar que su aliento empañe el vidrio, las luces de la ciudad marcan las siluetas de otros días, se encuentran tan lejos en este momento. En esta noche solo existen sus cuerpos tendidos en el frío de la madrugada. Se fragmenta la respiración, los suspiros rozan su cuerpo y dejan una estela de añoranza en sus poros. La soledad parece inescapable, no importa que tan diestros nos volvamos en disfrazarla, la soledad, además de inescapable, no es en absoluto mala. Aquí, en este barco sin embargo, nos asfixia. Las olas nos mueven de vez en cuando y así mecen los cuerpos. Este habito de pluralizar la soledad es risible cuando menos. La noche satura el ambiente de tragicidad, poco tiempo queda ya para estas abstracciones. La marea se traga mis manos, sabiéndose capaz de reclamar mi piel sin ninguna disputa, de la misma manera el agua cubre los pies. Con memorias confeccionadas a la medida se hace un ultimo esfuerzo para ya sea remover o cristalizar el ancla que nos tiene aquí.
La constancia en el ser es algo que dificulta entretejer la vida de uno con aquellos que se va conociendo. Aun mas difícil se vuelve cuando tenemos historia personal, si bien no se puede prescindir de ella por completo, podemos, sin duda alguna, dejar de darle importancia. Si pudiese, enfrente de ese vidrio, morir se abriría la posibilidad de una infinidad de vidas, cada una con la riqueza de la ultima. Es posible que se prefiere la noche al día por la inescapable nostalgia que produce esta. Seamos conscientes o no, la noche es una de las muertes mas cercanas que tenemos, es por eso que en ella todo se tiñe de ese dorado inherente a la nostalgia.
Pero poca importancia tiene todo esto, en este lugar la vida se tiñe de ceniza y no queda mas que articular nuestros movimientos hacia una individualidad menos congruente.
Ella por su parte mantiene los ojos entreabiertos, cuando los ojos de el se mueven por la habitación ella los cierra para pretender un sueño profundo; lo ha hecho desde siempre, así talvez la gente no se molestaría en molestarla. Ademas, pensaba, que si creyeran que ella estaba dormida no se preocuparían en cubrirse con todas aquellas confecciones de mentiras con las que nos llenamos constantemente. Ella sabia que el sabia todo, pero aun así, apretaba los parpados con cuidado cuando sentía su mirada sobre su cara. Las sabanas jugaban con sus piernas, ella apenas le daba importancia. La noche significaba una vuelta a su infancia, una vuelta a aquellos momentos donde todas las marañas de ideas de su vida cotidiana se perdían en el vacío de debajo de su cama. Cada noche implicaba que podía trazar una vida entera de acontecimientos en su alcoba.
Para ambos la noche pesa en sus espaldas, respiran el frió con dificultad. Es sobrecogedora y recorre sus cuerpos sin cuidado alguno. Aveces piensan en unisono (sin saberlo, claro) que es de esas noches en las que seria preferible dejarse ir, dejar que la madrugada se llevara sus cuerpos y se perdieran cuando el sol diera luz la mañana siguiente.
Pero nada de esto importa. Mírame fijamente y sin cuidado.
Llevamos días caminando, de nuestros nombres recuerdo poco.
1.4.08
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