29.4.09

XX

Cuando era niña llevaba uno de esos vestidos florales que llegan hasta la rodilla, su tía se lo había regalado unas Navidades atras y desde entonces no se despegaba de él. Para entonces el atardecer se había quebrado y la casa tenia el vació que causa una cama perpetuamente arreglada. Dejaba caer una moneda de cinco colones cada media hora, insistentemente, como si pronto dejara de caer y fuese mas lento o mas rápido. Pero nada, siempre nada.

Los silencios no son terribles sino los sonidos que se aparecen en ellos.

Para entonces no había nada que hacer, todo hecho y deshecho. Entre Julio y Junio veinte monedas al día, luego sobre el zacate. Ella es como la parte baja de un río, en la parte mas baja de se ríe como la montaña y todos en ella corren. No habla y en soledad las expresiones tienen miedo de acercarse a su cara.

Su silencio no es terrible, lo son las risillas, las oraciones perdidas, terribles por que entonces no hay nada que hacer, por que la moneda no cayó esa vez.




Fue una pequeña cosa graciosa, muy pequeña y adios.