5.10.09

sire

El dia fue un perro enfermo
mastique mis dedos de adentro hacia afuera;
fue roer los dientes de la vanidad
de adentro hacia afuera.

Somos el hambriento
bailando sobre la ceniza
y el azufre de memoria
Sabia al saber de no haber futuro
en nada de lo que construimos;
mis manos son un niño enfermo

Bailamos hasta caer en el suelo
no teniamos pies mas
nuestros tobillos eran plagados
por dientes ausentes
de perros rabiosos

Nosotros construimos
el camino rojo
nosotros mordemos
las manos de nuestros hijos

4.10.09

03

Vamos al paso de un caballo de trabajo, sin ventanas a través de las cuales saltar, sin entrañas a quien culpar. Pasamos el verano en la cabaña, al norte del bosque, escuchando las polillas regurgitar la noche entera. Nos llevamos las manos al pecho, recitamos las plegarias como un monje excitado, cuya vida se extingue dentro de la cabellera de la niña. Por dos noches nos rasgamos las vestiduras, haciendo campo a los riachuelos que antes buscaban eludir el sitio. La tercera subimos hacia las cuevas, encontramos un ternero con nuestros dientes, abierto, con varias cabezas de pajaros adentro.

Abrimos el pecho hacia la noche, con la espalda decorada de rojo; el ritmo del viento era grotesco, apabullante, vos te reías de la ciudad. La imaginación del niño corrió sobre los pies y nosotros bailamos en unisono, como si las partituras que habíamos escrito años se hubiesen comido entre si. Fuimos corcheas indeseadas. Corcheas bastardas. Podridas.

Así durante ese mes. Sombras detrás de El orden compulsivo, de La estética personal, de La narración cobarde, de Las noches teñidas de grandeza. Con cariño de buitres, sobre la piel tersa y los ojos desentonantes; mala hierba, hierve, en el estomago de quienes se pasean sobre la ciudad. También fueron las noches mas bellas que las ciudades vieron.

Poco después el sonido era de intermitencia radial, de quejidos de buey enfermo, de carreta de peste; vos seguías cantando, emancipada. Nuestros ojos continuaron hundiéndose, durante meses. En Dios encontras madre y padre, en cuantos Dioses lo haces, en cuantas caras lo encontras. Estamos detrás de cada uno de ellos, detrás de la cara en la cual la hermosura y esperanza conjugan. Vos sabes, los sabes cuando ves las calles torciéndose entre los cadáveres sociales, olorientos y mal encarados, pudriendose bajo la piedad y el metal del dinero. Vos los sabes cuando esperas el bus y ves bajo tus pies la paloma podrida, como el corazón que llevas bajo tu hombro. Nosotros somos tu Dios, nosotros estamos detras del mover de tus caderas, adentro de los pulmones de cuantos queres.

Esas noches fueron las mas bellas que las ciudades vieron, cuando los perros de caza arrancaban las sonrisas. Cuando la enfermedad que llevaban aquellos, que despojados de nombres se arrastraban, fueron vomitadas hacia los caños.

Vos sabias. Nosotros criamos la raza roja.