Las colinas negras se abren paso al norte de la rivera, luego de los pinos. Abren su boca al canto de quienes caminen sobre ellas, el silencio pasa desapercibido entre las tormentas del último cuarto de año. La arboleda juega a coquetear con gangrena violeta, quienes entre estos árboles caminan se juegan la sanidad de espíritu.
Los últimos dos años han constado de sombras sobre las praderas, sombras que angustian y seducen a los viajeros, sombras que aguardan y observan. En los últimos dos años las colinas negras han sostenido montañas calladas por el rubor de mejillas huecas. Vos te arrecostas contra el tronco viejo, sobre una sabana gastada y le tejes remiendos a tu vestido, veras que el día en que se rompa en hilos escucharas a la garganta del zorro morder la brisa de primavera. Yo me pregunto que tanto mas tengo que hacer aquí, los vientos comienzan a soplar sobre la sierra y me llenan la boca de un olor delicado a viento corroído.
El muelle entretiene a los niños en la playa y los campos de flores mas hacia el este pasan desapercibidos, ahí mi espíritu es un trueno negro que corre tras los cantos de las manos Navajo, los cuervos violeta ríen en lo alto, lanzando lagrimas de plaga por sobre los arbustos y las rocas.
El coyote ha visitado el bosque en las ultimas dos noches, mientras dormías sobre la rama de tu saber y sentir, estas mañanas me he levantado con líneas rojas sobre mis brazos y con mi pecho frío; la invitación me ha hecho recordar el miedo al invierno que tuve de niño.
Te rascas la piel y deseas que el mar ahogue las memorias que has acomodado en tus pulmones, te has detenido al pie del árbol de mangos y me has gritado desde la distancia que no te vas a mover de ahí, que vos y tu vestido han decidido vivir en el y ya no hay vuelta atrás. Tu juego me recuerda a los poemas de la india y los jardines de laureles, adonde el rubor de la juventud se esparcía como una enfermedad.
Ahora los perros salvajes roen los árboles caídos, marcando figuras de un paisaje cansado, paisaje que se pierde, paisaje que no se escucha. De vez en cuando se levantan piedras al lado de las colinas, piedras que recitan historias y fabulas de otro tiempo, como amantes monolíticos a la espera de fulgor de lluvia. Se levantan sobre mi pecho y mis manos desdibujan color al rededor de ellos, mis labios hablan de tormentas en alta mar sobre la seguridad de nuestros árboles.
Mis praderas son gargantas de zorros, mis brazos una caza por lobos, mis labios los perros que fornican y mi tiempo aquí se agota pues caminar un trillo adonde el corazón se extingue me roba el aliento.
21.2.09
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