2.10.08

Caperucita Roja

El rocío de mañana se deja caer sobre el suelo, las montañas resurgen con un halo rojo, la capa cuelga de la puerta y las botas se han acostado sobre el piso de madera. Las persianas dejan entrar unos cuantos rayos de sol que se mueven con pereza a través del cuarto, caen sobre su tez blanca y acentúan las facciones de una vida que se ha roto por la mitad. El frío se ha ido acercando a al ciudad en los últimos días, amenazante y con belleza grotesca.

La marea ha lavado la playa dentro de su mente y las palabras que antes sotenian sus mejillas hacia el frente se han derrumbado como castillos de arena. Su cabello cae sobre la tez blanca, como una manada de lobos que se mueve sobre la nieve. Las sabanas rozan su piel y levantan una tormenta de impulsos, sus senos y su vagina corren como un caballo salvaje, que no sabe hacer mas que extenderse sobre el paisaje sin discreción.

El aire envuelve su cuerpo, se mente cae en pedazos al suelo, adonde las cenizas se revuelven y se respiran, tiñendo los pulmones de un gris opaco. Amarra los cordones de sus botines y asegura su capa al pecho. Su piel se quema y lanza gritos desesperados al aire, esta rota y la vida se escurre por las grietas. Su corazón y mente se han quebrado, el rojo es inescapable cuando busca copular con el aquamarino.

Su labios sangran un rojo oscuro que corre por su cuello y hacia su estomago, donde las tripas se revuelven con gracia, donde se libra un monzón, donde los días son coloreados con un aguacero constante de manos entrelazadas y mejillas rosadas.

Esta vez no lleva sus llaves, ha procurado dejar cada cosa en su apartamento justo donde amaneció. Ha pasado al lado del portero, sin un "buenos días" o un "como esta", a este se le cierra la boca y los ojos le duelen, la estela de tragicidad ha sobrebalsado los poros en sus manos y ahora corre como una cabeza de agua hacia los transeúntes.

Camina rápidamente sobre la acera, chocando contra los cuerpos en letargo, como un tren que se ha salido de su carril, un tren oxidado cuyas calderas queman vivas por ultima vez, buscando en el horizonte la calma de morir.

La tarde se precipita sobre ella, una tarde oscura y fría, una tarde donde las caras se han vuelto manchas, donde la ciudad sabe trágica, donde el lobo la espera, con paciencia. Las palabras fallan ultimamente, las noches se vuelven expediciones poco certeras sobre laderas de montañas escarpadas, sobre picos donde el granizo se lanza a las piernas y los brazos, hacia las manos y la cara, buscando calor. La dialéctica que antes ejercía consigo misma, con naturalidad y facilidad, ahora se cae por sobre la ciudad, como nieve perdida en un vendaval de ideales, ideas, de palabras y nombres.

Se acerca al lobo por inercia, lobo que espera en la planicie paciente; ojos que exclaman hacia la vida con una ternura silenciosa. Las manos del hombre recorren el cuerpo de la muchacha, sus pechos, sus piernas, sus labios, explora su intimidad, como si no fuesen mas que una conciencia reconociendose a si misma; los colmillos rompen la piel tensa de su cuello, dejando que una corriente, que pronto sera un río, que pronto sera un mar, que pronto sera la vida, se movilice sobre las manos de los espectadores, quienes han soltado sus nombres y miran con un temor dulce y encantador la bestia copulando con la muchacha, la capa roja moviendose sobre el viento, la capa roja que pronto se comerán cada uno de los que camina por ahí esa precisa tarde.

El lobo se mueve sobre la piel de ella, se mueve como un fuego salvaje que quema un pastisal seco. Fornican dejando que la lluvia siembre la semilla sobre una playa, una playa que cuenta a los viajeros de una manera de morir, fornican escribiendo los miedos en el sol, fornican contándole sus temores al mar. El pelo negro de la muchacha se riega por el suelo, se riega por sobre los que ven, quienes se arrodillan ante la escena en lágrimas, viviendo una tragedia sumamente intima en ese momento. Las fauces del lobo se tragan la vida, la sangre corre por su garganta, tiñendo sus venas de azul de madrugada. Su vagina grita, se mueve sobre el paisaje como una marea que despierta de su adormecimiento. El cuerpo de la muchacha se retuerce con un orgasmo prolongado, un orgasmo adonde su conciencia como energía se ha quebrado, un grito al aire al unirse con el mundo.

La noche cae sobre la ciudad, cuyas luces alumbran suavemente un lobo que termina de atragantarse la niña, luces que alumbran un millar de caras perplejas, caras que responden a un corazón adonde la tormenta se desenvuelve con furia, caras llenas de sonrisas que saborean la belleza grotesca de un invierno que se asienta sobre la primavera, de una noche que se asienta sobre el día, saborean la belleza grotesca de renacer junto con su naturaleza, una naturaleza que ha engullido la belleza de se individualidad.