9.1.10

I

Hemos arrastrado las manos a traves de la montaña. Las sonrisas se han torcido, semejan ahora un cementerio visto desde una mala perspectiva, mas que un extasis despreocupado. Desde afuera el humo se levanta sobre las ramas de los arboles que circundan el area.

Hacia este lugar se levanta una densa ruta. Es, en un principio, rasonablemente facil de recorrer, luego el camino se vuelve escabroso, denso y la rectitud antes ignorada se convierte en memoria nostalgica. En ella el espiritu se tuerce, se revuelca sobre si mismo, jadea y se muerde las manos. Las laderas son de danza, cuerpos que se alimentan de si mismos, uno tras otro, agobiados por la picazon y el vomito.

Caminamos durante horas. A como avanzabamos el trillo se hacia ver menos, perdiendose entre los zacatales y los coagulos de arboles que adornaban el paisaje. Vi una zorra durante unos diez minutos, nos siguio desde una distancia. Se reia ruidosamente, como cuando se arrastra el metal sobre si mismo. Un muchacho, un infante, a decir verdad, cayo durante la mañana, su cuerpecillo endeble no resistio mas y comenzo a retorcerse en un claro. Se clavo las uñas en el pecho. Cada arbol aqui ha crecido sobre algun cuerpecillo endeble, todos terminan asi antes de morir. Yo veia el reflejo del bosque sobre mis botines de cuero.

Tomar conciencia de ello hace que las reuniones de ramas revuelvan el estomago.

Por la noche hubo un baile. No quise ver. Desde que estamos aqui se hace cada vez mas dificil evitar la disolucion en un unico ente. Cuando se escapa al paisaje, adornado de una profundidad silenciosa, veo las miradas de aquellos que acompañan al caudal, nos miramos exhaustos, delgados, vacios. Pero recuerdo que no es mas que una apariencia. Escucho la risa de todos cuantos caminan, escucho al sudor y la suciedad.

De donde venimos no hay historias. Hemos instituido, como remplazo, a la Historia, garante de los derechos humanos, la democracia, hermandad, amor y demas teatros a los cuales nos hemos dedicado ciegamente. Estan tambien los otros teatros, menos nobles dentro de la Historia, pero tanto mas exquisitos; nuestras masacres, guerras, odio, impunidad, terror. Me veo ahora, resultado del miedo que crece dentro de mi al saber que si abro mis ojos la vere, reconciliado con esta Historia, y encuentro en cada cara criminal de la cual hemos alimentado nuestros verdaderos terrores el retorcimiento de un cabro sacrificial.

Sus cuerpos han sido llamado a actuar al gran teatro de la Historia, a desempeñar un rol del cual nos alimentaremos por siglos a venir, en el acto perverso de parir y cuidar una peste hermosa.

Es el camino rojo. Desde su comienzo, nosotros criamos la raza roja. Durante las noches las polillas vienen desde lejos, se acuestan sobre nuestros cuerpos, que yacen sobre el suelo, rasgan nuestra piel. Me siento entonces como los criminales mas temibles, crueles; la infeccion que es mi humanidad alimenta entonces la peste que llena el aire. A cambio recibo tranquilidad. Hace años que no me encuentro con ella y descanso mientras afuera se escucha la flauta. Me recuerda a las procesiones funebres.

En nuestra estirpe hay un templo. Se levanta en medio de un crecido de arboles. Lo vi en una ocasion, un trillo que seguimos nos llevo a unos cien metros de él, desde la ladera del cañon. Para ese entonces los botines estaban desgastados y no habia brillo en ellos. Nunca lo hubo, a decir verdad. En los arboles descansan efermedades. Son hermosas, su piel es delicada y sus ojos hondos. La muerte se retorcia en mi estomago, la sostengo con mis manos, ella es una niña enferma; tiene pecas en la cara y por eso la quiero.

Desde ese dia dejo que los perros me arranquen las sonrisas se la cara.