La calle tiene una inclinación apenas perceptible, como si cada paso que se diera mientras uno se acerca a la parada del bus proyectara un plano completo. Se vuelve mas evidente cuando mirando hacia abajo se ve el agua correr con la suciedad de la ciudad. El movimiento aflora de manera grotesca, plasmando en la alcantarilla la sensación de que nuestra humanidad se mueve entre las grietas de esta ciudad como lo haría una peste en el medioevo. La amistad es como un parásito, infecta al huésped y va clamando territorios como suyos. Viernes por la noche y seduce sobre algunos tragos y una conversión en la que se apuesta por el neón y la comodidad de tener alguien al lado que comprenda.
Hacia la izquierda una persona mira abstraída el suelo, la alcantarilla, justo al lado de donde veía hace unos momentos. Pronto noto que quienes le siguen en la linea miran de manera distintiva hacia el mismo punto. Desde aquí se miran como estatuillas de alguna procesión santoral en una Iglesia vieja, con sus caras un tanto afligidas, nunca por quien lloran, siempre por si mismos.
Espero con paciencia a que el cuerpo de la paloma de levante y se sacuda de la terrible responsabilidad de haber causado la angustia de la podredumbre, quizás es un juego y entre mas espero menos se mueve.
Escuche a alguien decir, mientras el bus se balanceaba, que ella esperaba con su cara en la ventana, su piel como una tela de araña vieja, sus costillas como un árbol sin hojas. Entonces a mi me causa risa y mis manos comienzan negras a roer el asiento, haciendo suyas el dorado del brillo. Las caras al otro lado de la ventana se vuelven sustituibles siempre y cuando orquestrasen con precisión las notas que colorean el interior de nuestro pecho, con tal de que al llegar a casa podamos ser consientes o humildes, condescendientes o victimas.
Ropa rota sobre el estomago y se mueve, la sangre brota desde las yemas de mis dedos y sobre las sabanas, hasta el calentador del agua, adonde hierve y despierta las hormigas que tragan en el techo. Mis labios están secos y quebrados así que no tengo de otra que escribir cartas y llenarlas de fotografías recortadas. Amar y amados, como una tarde de domingo, pero sin el viento en la cara y con un añadido de tripas revueltas. Somos como un cine de parqueo por dentro, tenemos metros y metros de cintas un tanto desteñidas y arrugadas que ajustamos al clima del día, siempre un paso adelante de nuestra historia, inmensos predadores de recortes.
Ay mama, quisiera que me extirparan los molares de palabras, así mi saliva no tendría sabor a diccionario de español y mis días dejarían de ser de la Real Academia. Que mis i'es salieran corriendo y se les cayeran los puntos, que las tildes fueran las cejas de un dibujo de niño que mis comas se dispusieran a hibernar y mis puntos rodaran por las colinas
De seguro que te encuentro pronto entre los arbustos, mirando hacia la alcantarilla y con una paloma muerta entre tu angustia. Como caras al otro lado de las ventanas del bus que suenan a que cuando volves a tu sala de estar tenes ideologías a las que aferrarte, opiniones fuertes acerca de nuestras ciudades y nuestras gentes, planes y ambiciones. Como una muerte prematura para un anciano de miles de años, anciano que se colorea las arrugas al borde de las aceras.
4.3.09
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