25.8.08

Las líneas al lado de la carretera son lo único que quiero ver últimamente. Además de eso, las caras y las palabras tienen poca distinción. Mierda. El aire acondicionado choca contra la cara pero abrir la ventana es dejar que el calor me ahogue y entonces, me siento en este asiento sin hacer mucho más que concentrarme en el paisaje al otro lado del vidrio polarizado.

Las tripas se revuelven y las voces se mezclan, la capacidad de encontrar dentro de los días una vida se reduce a revoluciones diminutas que se levantan dentro de las manos, listas para ser lavadas en el momento en que dejamos que el agua del lavabo corra por sobre las palmas.

La piel se eriza y el corazón se mueve un poco mas rápido de lo que acostumbra, luego vuelve a la casa, agotada por la multitud, el tráfico y la conversación de la pareja en el bus. Pero nada de eso importa, porque ha movido los hilos dentro de su vida y así canta una canción de cuna a su mente, que adormilada se regocija en la sensación de poder que se acaba de administrar.

Entonces nace dentro de la garganta un secreto que corroe la lengua y la dentadura, cada vez que lo callo, tragándome la culpa de levantar del piso una colección de sueños y esperanzas.

Y nos sentamos aquí, dejando que las palabras llenen los espacios sin colorear dentro de nosotros, las usamos como espadas contra el miedo que tenemos de despertarnos un lunes por la mañana y darnos cuenta que somos igual a aquellos contra los quienes levantamos una barrera fundamentada por la dialéctica y la narración dramática de nuestra vida.

Nos sentamos aquí, escribimos y leemos, nuestros ojos se pierden adentro de la imagen de vida que hemos forjado con cuidado para nosotros mismos, conscientes, activos, diferentes, iguales, miserables, nuestra sonrisa se abre y la dentadura falsa se cae, dejando que la miseria de el engaño manche nuestro pecho pulcro y orgulloso. Nos sentamos aquí, con nuestros pulmones inundados por una tormenta que nace de rociadores de agua.


Creemos ser un choque automovilístico, deseamos golpear nuestros cuerpos unos con otros y llevar en nuestra cara la repulsión por los demás, porque siempre son ellos y no uno.

Mentir es un gran negocio en el siglo veintiuno y a todos nosotros nos parece estar yendo muy bien.

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